Ojo…..
Hace algunos años vi salir de una organización a una persona que rondaba los cincuenta. No era alguien que hubiera pasado años escondiéndose ni un ejecutivo al que los resultados finalmente le hubieran cobrado factura. Había trabajado, se había comprometido, había entregado buenos resultados y, como muchos de nosotros hicimos durante años, había construido buena parte de su identidad alrededor de una compañía a la que le había dedicado una parte importante de su vida.
Simplemente llegó un momento en el que cambiaron las fichas.
Yo todavía no tenía cuarenta y recuerdo que aquello me pegó mucho más de lo que probablemente dejé ver. Hasta entonces había vivido con una idea bastante cómoda sobre mi carrera: si trabajaba duro, daba resultados y seguía creciendo, de alguna manera el futuro terminaría acomodándose. No era ingenuidad; era lo que había visto funcionar durante buena parte de mi vida profesional.
Pero ese día apareció una pregunta que ya no pude quitarme de encima.
¿Qué pasa si algún día la ficha que cambian es la mía?
No me dio miedo perder el trabajo al día siguiente. Me produjo algo bastante peor: ansiedad sobre un futuro que no podía controlar.
Empecé a pensar en emprender, en construir algo propio, en crear una alternativa que no dependiera completamente de una decisión corporativa. El problema era que cada vez que la idea empezaba a tomar forma encontraba una razón perfectamente razonable para no hacerlo todavía. No tenía suficiente dinero, no conocía bien ese mundo, tenía responsabilidades, había construido una carrera que no quería poner en riesgo y, además, si algún día iba a emprender, quería hacerlo bien.
En otras palabras, estaba esperando el momento perfecto.
Y esperar se sentía bastante sensato porque uno puede disfrazar el miedo de prudencia durante muchísimo tiempo.
Te dices que estás preparándote, que necesitas otro año, que primero quieres ahorrar un poco más o que después de la siguiente promoción tendrás mayor tranquilidad. Cada argumento por separado tiene lógica. El problema aparece cuando pasan los años y descubres que llevas mucho tiempo esperando unas condiciones que probablemente nunca van a existir al mismo tiempo.
Lo curioso es que aquella espera no me daba tranquilidad. Me producía exactamente lo contrario.
Mientras más pensaba en todas las cosas que podían ocurrir, más ansiedad sentía, porque prácticamente todas estaban fuera de mis manos. Yo no podía decidir si algún día cambiaría el CEO, si llegaría una reestructura, si comprarían la compañía, si aparecería alguien más barato para hacer mi trabajo o si simplemente una nueva estrategia decidiría que mi posición ya no era necesaria. Podía ser extraordinariamente bueno en lo que hacía y aun así terminar afectado por una decisión tomada en una sala en la que ni siquiera estaba sentado.
Con el tiempo entendí que estaba tratando de conseguir certeza en el lugar equivocado.
Los estoicos hablaban hace siglos de una distinción bastante sencilla entre aquello que depende de nosotros y aquello que no. Nunca me ha interesado convertir esa idea en una clase de filosofía, pero en la vida real me parece brutalmente práctica, porque buena parte de la ansiedad profesional nace precisamente de intentar controlar el segundo grupo mientras descuidamos el primero.
Yo no podía garantizar que la compañía me necesitara dentro de diez años, pero sí podía empezar a construir algo fuera de ella. No podía controlar cuándo aparecería una oportunidad, pero podía prepararme para reconocerla. Tampoco necesitaba renunciar al día siguiente, hipotecar la casa o convertirme de repente en empresario. Podía empezar mucho más pequeño: aprender algo nuevo, desarrollar relaciones fuera de mi organización, probar una idea, ahorrar, construir reputación o simplemente dejar de comportarme como si mi única alternativa profesional fuera conservar el puesto que ya tenía.
Eso fue lo que poco a poco empezó a cambiar mi manera de pensar.
Durante muchos años confundí prepararme con esperar. Hoy creo que son casi opuestos. Esperar consiste en confiar en que las condiciones externas algún día serán suficientemente buenas para movernos; prepararnos consiste en utilizar las condiciones que tenemos hoy para aumentar las opciones que tendremos mañana.
Y esa diferencia se vuelve especialmente importante cuando tienes cuarenta, cincuenta o más años y has construido una carrera exitosa.
Porque cuanto más tienes que perder, más convincente se vuelve la excusa de esperar.
El sueldo es bueno, las prestaciones ayudan, la familia depende de ti y la posición que tanto trabajo costó conseguir empieza a sentirse demasiado valiosa para ponerla en riesgo. Entonces aparece esa frase que escucho constantemente entre ejecutivos extraordinariamente capaces: “Todavía no es el momento”.
Puede ser cierto.
Lo que casi nunca preguntamos es cómo sabremos cuándo sí lo sea.
Porque si el plan consiste en esperar hasta sentirnos completamente preparados, tener suficiente dinero, conocer perfectamente el negocio, eliminar el riesgo y además conservar la seguridad que tenemos hoy, probablemente estamos describiendo un momento que no existe.
Y aquí está la ironía que aquella experiencia me ayudó a entender: esperar a que la empresa decida por ti puede dejarte exactamente en el peor momento para empezar.
Cuando llega una salida inesperada ya no construyes desde curiosidad, sino desde urgencia. Ya no exploras una oportunidad porque te interesa, sino porque necesitas reemplazar un ingreso. Cada mes que pasa pesa distinto y cualquier decisión empieza a contaminarse con una pregunta que antes no existía: ¿cuánto tiempo puedo aguantar?
Por eso hoy, cuando alguien me dice que quiere emprender, cambiar de carrera o construir una segunda opción pero todavía “no está listo”, rara vez le recomendaría que mande todo al carajo y renuncie mañana. Eso también sería irresponsable. Lo que sí le preguntaría es qué está haciendo hoy para que, si algún día cambia una ficha que no controla, no tenga que comenzar desde cero.
Ahí es donde para mí la mentalidad estoica deja de ser una frase bonita y se convierte en una herramienta de carrera.
“No necesitas controlar el futuro para reducir la ansiedad que te produce. Necesitas recuperar control sobre lo que haces en el presente.” Mario Elsner - Líder Incómodo
Puedes empezar a ahorrar antes de necesitar el dinero, aprender antes de necesitar la habilidad, construir relaciones antes de necesitar pedir ayuda y experimentar con una idea antes de depender de que funcione. Ninguna de esas decisiones garantiza que las cosas saldrán como quieres, pero todas consiguen algo mucho más importante: aumentan tus opciones.
Y tener opciones cambia profundamente la manera en que uno enfrenta la incertidumbre.
Lo aprendí viendo salir a alguien que había hecho muchas cosas bien y entendiendo, quizá por primera vez, que una carrera corporativa extraordinaria no es un seguro contra el cambio. Años después terminaría dejando ese mundo para construir el mío, y tampoco puedo decir que llegara ese famoso momento en el que me sentí completamente listo.
Lo que cambió fue otra cosa.
Dejé de esperar a sentir certeza para empezar a moverme.
Por eso, si hoy tienes una idea que llevas años postergando porque todavía no es “el momento perfecto”, no creo que necesites tomar una decisión enorme. Quizá solo necesitas hacer algo suficientemente pequeño, INCÓMODO, para dejar de depender por completo de aquello que no controlas.
Porque el momento perfecto probablemente nunca llegará.
Pero el peor momento sí puede llegar.
Y suele ser justamente aquel en el que alguien más toma la decisión por ti.
La mirada incómoda
Esta semana no te preguntaría si estás listo para dejar tu trabajo, emprender o cambiar de carrera. Me haría una pregunta bastante menos dramática y probablemente más útil: ¿qué puedo empezar a construir hoy para tener más opciones si mañana cambia algo que no controlo?
A veces reducir la ansiedad no consiste en pensar menos en el futuro. Consiste en hacer algo en el presente.
Soy Mario Elsner.
Recuerda “ Ser Incómodo es el nuevo liderazgo”
Y si estas conversaciones te ayudan a mirar tu carrera y tu liderazgo desde un lugar distinto, te invito a sumarte a Liderazgo Incómodo en www.liderazgoincomodo.com.
Porque nadie puede prometerte certeza sobre lo que viene. Lo que sí puedes hacer es llegar mucho mejor preparado.
Una invitación para quienes saben mucho… pero no quieren convertirse en influencers
En las próximas semanas voy a hacer algo que llevaba tiempo queriendo probar en Mérida y Ciudad de México.
Será un encuentro gratuito para empresarios, ejecutivos, consultores y profesionales que tienen experiencia real, saben que podrían convertirla en nuevas oportunidades de negocio, pero no tienen ninguna intención de convertirse en influencers ni de vivir persiguiendo algoritmos.
Quiero hablar precisamente de esto: cómo transformar experiencia en reputación, cómo construir autoridad alrededor de aquello que realmente sabes y cómo hacer que esa reputación empiece a abrir conversaciones, relaciones y negocios.
Si te reconociste en alguna parte de esta columna, probablemente eres exactamente la persona para la que estoy preparando este encuentro.
No necesitas una audiencia enorme.
Necesitas que las personas correctas sepan por qué deberían pensar en ti.




