Ojo…..
Una etiqueta puede ayudarnos a entender a alguien en segundos. También puede impedirnos conocerlo durante años.
Hay una especie de ecosistema que, hasta donde sé, nadie ha conseguido estudiar seriamente y que probablemente merecería su propio documental: el grupo de WhatsApp de los papás de la escuela.
Si has pertenecido a uno, sabes perfectamente de qué hablo.
Hace algún tiempo estaba en uno de esos grupos y había un papá que tenía una habilidad extraordinaria para preguntar absolutamente todo. Si alguien avisaba que al día siguiente los niños tenían que llevar uniforme, preguntaba cuál. Si pedían una cartulina, quería confirmar el color. Si alguien decía que la salida sería más temprano, preguntaba exactamente a qué hora. Y cuando alguien finalmente contestaba, todavía podía aparecer una última pregunta para asegurarse de que aquello que acababan de confirmar estaba realmente confirmado.
No recuerdo cuándo sucedió, pero en algún momento dejé de leer sus mensajes como preguntas y empecé a leerlos como evidencia.
“Este señor es intensísimo.”
Lo interesante es que nunca había hablado con él. No sabía a qué se dedicaba, cómo trataba a sus hijos, qué tipo de persona era ni siquiera cómo sonaba su voz, pero aparentemente no necesitaba ninguna de esas pequeñas formalidades porque yo ya había construido un diagnóstico psicológico bastante completo utilizando como evidencia un grupo de WhatsApp.
Hasta que un día coincidimos personalmente.
Empezamos a platicar y algo no cuadraba. El hombre frente a mí era relajado, simpático y bastante diferente al personaje que yo llevaba meses construyendo en mi cabeza. En algún momento salió el tema del grupo y descubrí algo todavía mejor: buena parte de aquellos mensajes ni siquiera los había escrito él. Durante un tiempo su esposa había estado usando su teléfono porque había tenido un problema con el suyo.
Me dio risa.
Había construido una opinión bastante sólida sobre una persona utilizando información incompleta y, para rematar, parte de la evidencia ni siquiera pertenecía a esa persona.
Pero después pensé que quizá lo verdaderamente gracioso era que todos hacemos exactamente lo mismo, solo que normalmente sin descubrir el error.
Conocemos a alguien y nuestro cerebro empieza a trabajar con una velocidad impresionante. Si habla mucho, es presumido; si habla poco, es inseguro. Si cuestiona, es conflictivo; si no cuestiona, le falta iniciativa. Si busca crecer rápido, es ambicioso; si está satisfecho donde está, le falta hambre. Bastan unas cuantas señales para que completemos el resto de una historia que nadie nos contó.
Supongo que tiene sentido. Después de muchos años uno acumula experiencias, reconoce patrones y utiliza lo vivido para entender lo que tiene enfrente. El problema comienza cuando dejamos de utilizar la experiencia como referencia y empezamos a utilizarla como sentencia.
Ahí aparece una de esas herencias silenciosas de la Escuela del Liderazgo Jurásico que todavía cargamos sin darnos cuenta. Durante muchos años aprendimos a dirigir clasificando personas. El comprometido. El difícil. El de alto potencial. El que nunca va a cambiar. El que “no tiene madera”. Las etiquetas eran prácticas porque simplificaban algo terriblemente complejo: entender a otro ser humano.
Y quizá por eso seguimos haciéndolo.
Lo complicado es que una etiqueta no solamente describe cómo vemos a alguien. También empieza a decidir cómo lo tratamos. Si considero que una persona es conflictiva, escucharé sus preguntas como ataques. Si creo que alguien tiene poca ambición, interpretaré cualquier decisión suya como conformismo. Si decidí que alguien no está preparado para crecer, probablemente dejaré de darle oportunidades que algún día podrían demostrarme exactamente lo contrario.
La etiqueta termina creando la evidencia que necesitábamos para justificar la etiqueta.
Y hoy esto me preocupa todavía más porque vivimos en una época donde conocer verdaderamente a alguien se ha vuelto paradójicamente más difícil. Tenemos acceso a sus fotos, cargos, publicaciones, viajes, opiniones y logros, pero muchas veces estamos viendo una versión cuidadosamente editada de esa persona. Todos, de alguna manera, aprendimos a construir personajes para sobrevivir, pertenecer o proyectar cierto estatus.
En las empresas pasa igual. He conocido líderes que detrás de una enorme seguridad escondían miedo; personas etiquetadas como arrogantes que simplemente estaban protegiéndose; colaboradores aparentemente poco ambiciosos que tenían prioridades mucho más claras que muchos de nosotros, y ejecutivos impecables por fuera que llevaban años interpretando el personaje que creían necesario para conservar su lugar.
Quizá ahí nacen muchos de los líderes impostores: personas que llevan tanto tiempo tratando de parecer aquello que creen que un líder debería ser, que terminan alejándose de quienes realmente son.
Por eso cada vez me interesa menos la primera impresión y mucho más lo que aparece después.
No se trata de volvernos ingenuos ni de ignorar nuestra experiencia. Después de tantos años sería absurdo desperdiciarla. Se trata de utilizarla para hacer mejores preguntas, no para fabricar respuestas anticipadas.
Un líder incómodo necesita aprender a mirar un poco más allá del personaje, del puesto, de la primera reunión y de aquella conducta que inmediatamente activa alguno de nuestros prejuicios. No porque todas las personas escondan una versión extraordinaria de sí mismas, sino porque difícilmente podremos saberlo si decidimos quiénes son antes de darles oportunidad de mostrárnoslo.
Desde aquel día intento recordar al papá intensísimo del WhatsApp cada vez que descubro que estoy llegando demasiado rápido a una conclusión sobre alguien.
Porque el mayor error que cometemos con las personas quizá no sea juzgarlas mal.
Es dejar de conocerlas en el momento en que creemos haberlas entendido.
Y en un mundo lleno de filtros, personajes y líderes tratando de parecer algo que no son, quizá una de las formas más incómodas de liderar sea también una de las más humanas: cambiar certeza por curiosidad.
Ese es el tipo de liderazgo que quiero seguir explorando en este movimiento.
Porque ser incómodo es el nuevo liderazgo.
Mario



