Ojo…..
Ya estábamos sentados en el avión rumbo a Guatemala. Íbamos a presentar por primera vez mi nueva conferencia, Liderazgo Jurásico: La evolución del líder, y, como suele pasar cuando uno viaja por trabajo, la parte más complicada del viaje no había sido el vuelo. Había sido llegar hasta el asiento.
No quisiera mencionar el nombre de la aerolínea responsable de ese pequeño caos, pero digamos que termina con… olaris.
Retrasos, cambios, filas y esa sensación de que en cualquier momento alguien iba a volver a anunciar otra modificación en la pantalla.
Finalmente despegábamos.
Habíamos documentado una maleta con libros para la conferencia, algunos accesorios y varias cosas que no era tan sencillo reemplazar llegando a Guatemala. Mientras el avión comenzaba a moverse hacia la pista, mi hijo volteó a verme y me hizo una pregunta que, probablemente, cualquier persona habría hecho.
—¿Y si no llegan las maletas?
Lo miré y le contesté con una tranquilidad que, hace algunos años, yo mismo no habría entendido.
—Puede pasar.
Él abrió un poco los ojos, como esperando que me preocupara más.
—¿Y entonces?
Le señalé la mochila que llevaba debajo del asiento.
—Por eso siempre viajo con un carry on. Ahí traigo una muda de ropa, la computadora, el cargador, lo indispensable para la conferencia y todo lo necesario para sobrevivir al menos un día.
No era optimismo.
Tampoco pesimismo.
Era experiencia.
Lo curioso es que hubo una época en la que yo no viajaba así. Asumía que las maletas siempre llegarían, que los vuelos saldrían a tiempo y que todo funcionaría exactamente como decía el itinerario. Hasta que un día las maletas no llegaron. Después vino un vuelo cancelado. Luego una conexión perdida. Más adelante una conferencia donde tuve que improvisar con lo único que tenía puesto porque el resto seguía dando vueltas quién sabe en qué aeropuerto.
Con el tiempo dejé de confiar ciegamente en que todo saldría bien.
Y empecé a prepararme para cuando no sucediera.
Mientras el avión tomaba altura pensé que muchas personas entienden mal lo que significa tener experiencia.
Creen que EXPERIENCIA, consiste en saber resolver cualquier problema cuando aparece.
Yo también lo creía.
Hoy pienso exactamente lo contrario.
La verdadera experiencia no sirve para resolver problemas.
Sirve para dejar de tenerlos.
Eso mismo ocurre todos los días dentro de las empresas.
La Escuela del Liderazgo Jurásico convirtió a los bomberos en héroes. Admiramos al gerente que siempre salva el proyecto a última hora, al director que resuelve todas las crisis, al líder que trabaja fines de semana porque “sin él esto se cae”. Les aplaudimos la capacidad para reaccionar y rara vez nos preguntamos por qué el incendio sigue apareciendo una y otra vez.
Con los años descubrí que los mejores líderes que he conocido no eran los que resolvían más problemas.
Eran los que diseñaban sistemas para que esos problemas dejaran de repetirse.
No vivían preguntándose cómo apagar el siguiente incendio.
Vivían preguntándose algo mucho más incómodo:
¿Qué tendría que cambiar para que este incendio nunca vuelva a existir?
Esa pregunta transforma la manera de dirigir una empresa, pero también la forma de vivir.
Porque uno deja de asumir que todo saldrá bien y empieza a jugar constantemente con una idea muy sencilla:
¿Qué pasaría si…?
¿Qué pasaría si el cliente cancela?
¿Qué pasaría si el proveedor falla?
¿Qué pasaría si renuncia mi mejor colaborador?
¿Qué pasaría si las maletas no llegan?
No es vivir con miedo. Es vivir preparado.
Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.
Mientras más años pasan, menos me impresiona la gente que siempre encuentra soluciones brillantes en medio del desastre.
Empieza a impresionarme mucho más la gente que casi nunca necesita encontrarlas porque diseñó una forma distinta de hacer las cosas.
Quizá esa sea una de las mayores diferencias entre la experiencia y la sabiduría.
La experiencia te enseña a apagar incendios.
La sabiduría te obliga a preguntarte por qué el edificio sigue incendiándose.
Y esa pregunta, aunque suele pasar desapercibida, cambia por completo la manera de liderar.
Porque un líder incómodo no presume la cantidad de problemas que ha resuelto.
Se siente orgulloso de aquellos que su equipo ya nunca volvió a tener.



