La humildad está destruyendo muchas carreras.
Confundimos dejar que nuestro trabajo hablara por nosotros… con desaparecer.
Ojo…..
Entré al gimnasio hace unos días con la misma motivación con la que muchos de los que ya pasamos los cuarenta lo hacemos: no tanto para marcar el abdomen como para impedir que la báscula siga ganando terreno. A cierta edad uno ya no presume que va a ponerse como atleta olímpico; simplemente intenta negociar con el tiempo y recordarse que cuidar el cuerpo también forma parte de cuidar la energía con la que dirige, trabaja y vive.
Mientras caminaba entre las máquinas empecé a notar algo que, debo reconocer, al principio me desesperó. Casi todos los jóvenes hacían una pausa entre serie y serie para acercarse al espejo. Ajustaban el ángulo del celular, buscaban la mejor luz, sonreían un poco, repetían la foto y seguían entrenando como si nada hubiera pasado.
Mi primer pensamiento fue automático.
“Qué generación tan presumida.”
Incluso me acordé de una expresión que usa mi hermano cuando alguien pasa demasiado tiempo frente al espejo: “andan espejeando”. Me dio risa. Y seguí entrenando convencido de que, definitivamente, en mis tiempos el gimnasio era otra cosa. Era un lugar mucho más rudimentario, con pocas mujeres, aparatos de hierro que parecían fabricados para una cárcel y donde nadie pensaba en sacar el teléfono para demostrar que estaba ahí. Uno iba, entrenaba y se regresaba a su casa.
Mientras hacía ejercicio seguía observándolos y, sin darme cuenta, ya les había construido toda una personalidad. Los imaginé superficiales, obsesionados con la aprobación, necesitados de atención y más preocupados por la foto que por el entrenamiento. Lo curioso es que no conocía a ninguno. Bastó verlos unos minutos para etiquetarlos por completo.
Y entonces apareció la pregunta incómoda.
¿Por qué me molestaba tanto?
La respuesta no estaba en ellos.
Estaba en mí.
Me di cuenta de que crecí escuchando que hablar de uno mismo era presunción. Que dejarse ver era falta de humildad. Que el buen trabajo debía hablar por sí solo y que, si realmente eras bueno, alguien más terminaría reconociéndolo. Nunca cuestioné esa idea. Simplemente la adopté como tantas otras enseñanzas que parecían virtudes y que, con los años, se convirtieron en una especie de piloto automático.
Mientras terminaba mi rutina pensé que esa misma programación me había acompañado buena parte de mi carrera profesional. Cuántas veces preferí quedarme callado esperando que alguien notara el esfuerzo del equipo. Cuántas veces vi a personas extraordinarias pasar desapercibidas porque asumían que los resultados eran suficientes. Y cuántas otras vi crecer a personas que, sin necesariamente ser las mejores, entendían algo que nosotros confundíamos con vanidad: si nadie conoce el valor que generas, difícilmente alguien podrá apostar por ti.
Fue ahí donde entendí que el problema nunca fueron los jóvenes del gimnasio.
El problema fue haber confundido durante años visibilidad con presunción.
Eso también ocurre todos los días dentro de las empresas. Hay líderes que hacen un trabajo extraordinario, transforman equipos completos, desarrollan personas y generan resultados, pero siguen esperando que alguien descubra todo eso por arte de magia. Mientras tanto, otros comunican el impacto de lo que hacen, documentan sus avances, comparten aprendizajes y construyen una REPUTACIÓN profesional que termina abriéndoles puertas.
No estoy hablando de convertirse en un pavo real. Tampoco de inventar logros o de llenar LinkedIn de frases vacías. De eso ya hay suficiente.
Hablo de algo muy distinto.
Hablo de entender que comunicar el valor que generas también es parte del trabajo.
Quizá por eso desarrollé REPUTACIÓN una metodología que nace precisamente de esa diferencia. No busca fabricar influencers ni enseñar a las personas a perseguir likes. Busca ayudar a expertos y líderes de negocio a construir credibilidad desde el conocimiento, desde los resultados y desde aquello que realmente pueden aportar. Porque una reputación sólida no se sostiene sobre exposición; se sostiene sobre evidencia.
La Escuela del Liderazgo Jurásico nos enseñó que la humildad consistía en desaparecer. Hoy creo que la verdadera humildad consiste en dejar que el protagonismo sea del impacto, no del ego. Y para lograrlo, primero alguien tiene que conocer ese impacto.
Tal vez los jóvenes del gimnasio nunca estuvieron presumiendo.
Tal vez simplemente nunca heredaron esa culpa que muchos de nosotros seguimos cargando cada vez que hablamos de nuestro trabajo.
Y si eso es cierto, quizá no sean ellos quienes tienen que cambiar.
Quizá los que necesitamos desaprender somos nosotros.
Porque ser incómodo también significa cuestionar esas virtudes que nunca nos atrevimos a discutir. Y pocas han hecho tanto daño como creer que quedarse en silencio es sinónimo de humildad.
Mario
Ser incómodo es el nuevo liderazgo.
Cada semana intento compartir una de esas ideas que primero me incomodan a mí y después terminan cambiando la forma en la que veo el trabajo, los negocios y el liderazgo. Si esta conversación también te dejó pensando, me dará gusto encontrarte la próxima semana.
Y si te gustan estas conversaciones incómodas sobre liderazgo, negocios y la realidad detrás de los resultados, te invito a seguirme en YouTube o Spotify y formar parte del movimiento de Liderazgo Incómodo.
Porque transformar organizaciones empieza cuando nos atrevemos a hacer preguntas que la mayoría prefiere evitar.




