La mejor vista no sirve de nada si nadie confía en lo que ves.
Ojo…..
La visibilidad puede conseguirte atención. La reputación empieza cuando tu perspectiva ayuda a otros a tomar mejores decisiones.
Esta semana tuve una junta en el edificio más alto de Mérida. Desde que se abrieron las puertas del elevador entendí que aquel lugar había sido diseñado para provocar exactamente la reacción que tuve. Las ventanas iban del piso al techo y, detrás de ellas, la ciudad parecía haberse quedado sin secretos. Se alcanzaban a ver las avenidas atravesando la vegetación, los edificios que desde abajo parecen enormes convertidos en pequeñas formas blancas y, a lo lejos, esa línea imprecisa donde uno ya no distingue si sigue mirando la ciudad o empieza a imaginar lo que hay después.
Antes de sentarme tomé una fotografía. No pude evitarlo. Hay lugares que parecen exigirnos una prueba de que estuvimos ahí, quizá porque la vista impresiona, quizá porque sospechamos que nadie terminará de entenderla si solamente se la contamos. Mientras acomodaba el teléfono pensé que la imagen se veía mucho mejor de lo que seguramente se vería cualquier explicación mía, y por unos segundos entendí esa necesidad tan moderna de compartir lo que uno está viendo antes incluso de terminar de vivirlo.
La reunión era con el equipo directivo de una inmobiliaria internacional y con quien encabeza la operación en la zona. Era joven, directo y de esos ejecutivos que no necesitan demasiado tiempo para llegar al punto. Después de escucharnos unos minutos me miró y preguntó, sin rodeos:
—¿Y tú de qué hablas? ¿Cómo me puedes ayudar?
Me gustó la pregunta porque no permitía esconderse detrás de palabras bonitas, presentaciones o credenciales. Había que contestar con claridad, así que le dije algo que llevo tiempo intentando explicar cada vez mejor:
—Es sencillo.
“Me dedico a incomodar las formas de liderar y de hacer negocios” Mario Elsner - Líder Incómodo
Los principios no han cambiado, pero la manera de dirigir, competir y construir reputación sí.
Después le conté un poco de mi historia. Durante muchos años fui un directivo realizado, negocié con grandes clientes, dirigí equipos en distintos países y enfrenté más problemas de los que podría resumir en una conversación. Sin embargo, hace casi seis años decidí incomodarme y empezar a compartir todo aquello que había aprendido. Lo curioso es que, después de atravesar negociaciones complejas, crisis, errores y decisiones que afectaban a miles de personas, exponer mis ideas me daba miedo.
Mucho miedo.
No porque no tuviera experiencia, sino porque salir del lugar que conocía me obligaba a dejar de esconderme detrás del puesto. Tuve que aprender a hablar con mi propia voz, construir una reputación fuera de una empresa y aceptar que la transformación casi siempre empieza cuando uno deja de sentirse seguro. Por eso lo hice. Porque entendí que si algo no me incomodaba, probablemente tampoco me estaba cambiando.
El directivo no tardó en responder.
—Eso es lo que quiero que les enseñes. No quiero una conferencia. Quiero acción incómoda.
Lo dijo sin dudarlo, como quien había escuchado exactamente lo que necesitaba. Y tengo que reconocer que su claridad me sorprendió. Muchas reuniones se alargan porque todos intentamos descubrir qué quiere realmente la otra persona; en esta, él lo sabía desde el principio. No buscaba inspiración durante una hora ni una colección de frases bonitas. Quería que su equipo cuestionara las formas de trabajar que habían dejado de servir y saliera dispuesto a cambiar algo.
Cuando terminó la reunión me quedé unos minutos frente a la ventana. Desde aquel piso se veía buena parte de Mérida, pero pensé que la altura no era lo más impresionante de ese lugar. Lo verdaderamente raro era encontrar a alguien capaz de mirar su negocio con la misma claridad con la que desde ahí se veía la ciudad: reconocer dónde estaba, detectar lo que necesitaba y decirlo sin rodeos.
Desde arriba era fácil entender por qué durante tantos años asociamos el éxito con la altura. Subir de puesto, llegar a la dirección, ocupar la oficina más grande o entrar al edificio más importante. Sin embargo, aquella conversación me recordó que estar arriba no necesariamente significa ver mejor. Hay personas con posiciones enormes que siguen sin tener claro qué necesitan, y otras que, apenas escuchan una idea, son capaces de reconocer inmediatamente cómo convertirla en acción.
Tal vez por eso reputación y visibilidad no son lo mismo.
La visibilidad consigue que alguien sepa que existes. La reputación consigue que entienda con claridad para qué debería buscarte. Yo pude contarle mi trayectoria, mis años como directivo y las empresas con las que había trabajado, pero nada de eso habría servido si no lograba explicar en una frase qué transformación podía provocar.
Mientras bajaba en el elevador pensé que una buena vista permite observar más, pero no necesariamente entender mejor. La visión aparece cuando alguien logra distinguir, entre todo lo que tiene enfrente, qué debe cambiar y qué decisión está dispuesto a tomar.
Aquel directivo no se impresionó por mi trayectoria. Tampoco necesitó escuchar durante una hora todas las cosas que había hecho. Le bastó comprender qué representaba el movimiento incómodo y qué podía provocar dentro de su equipo. Quizá eso sea lo que una reputación debería conseguir: no que las personas conozcan cada capítulo de tu historia, sino que puedan reconocer, con claridad, por qué vale la pena escribir el siguiente contigo.
Durante años la Escuela Jurásica nos enseñó a buscar el mejor puesto, la oficina más alta y la vista que demostrara que habíamos llegado. Hoy creo que el verdadero privilegio no consiste en mirar a todos desde arriba, sino en desarrollar una visión que ayude a otros a moverse.
Porque estar en la cima puede darte perspectiva.
Pero tener claridad es lo que convierte esa perspectiva en acción.
Y a veces basta una pregunta directa —“¿cómo me puedes ayudar?”— para descubrir si detrás de todo lo que has construido existe realmente una reputación… o solamente una historia que todavía no sabes explicar.
Mario
Ser incómodo es el nuevo liderazgo.
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Porque transformar organizaciones empieza cuando nos atrevemos a hacer preguntas que la mayoría prefiere evitar.
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