La paz ajena me parecía muy rara.
Hasta que descubrí que no estaba juzgando a un desconocido. Estaba cuestionando una libertad que yo mismo había dejado de permitirme.
Ojo…..
Hace unos días acompañé a mi esposa y a mi hija a Plaza Galerías. Ellas iban decididas a encontrar ropa para el gimnasio y, como suele pasar en esas expediciones, entendí muy rápido que mi papel consistía únicamente en esperar. Empecé a caminar sin rumbo, dando vueltas por la plaza, hasta que terminé frente a la pista de hielo. Me recargué en un barandal para matar el tiempo y, casi por accidente, mi atención se fue hacia una cafetería que estaba del otro lado.
Había un hombre sentado completamente solo.
Era delgado, llevaba una gorra y, por alguna razón, me llamó la atención desde el primer momento. Quizá porque estaba solo. Quizá porque no hacía absolutamente nada. En una época donde todos tenemos un teléfono en la mano, él simplemente esperaba. Un mesero llegó, dejó frente a él una rebanada de pay de queso y una taza de café. Entonces empezó a comer despacio. No “despacio” como quien está distraído. Despacio como quien realmente está disfrutando cada bocado.
A veces sonreía.
A veces simplemente miraba hacia algún punto perdido.
No revisaba mensajes.
No hablaba con nadie.
No parecía tener prisa.
Y fue entonces cuando mi cabeza hizo lo que tantas veces hace sin pedir permiso.
Empecé a inventarle una historia.
Pensé que quizá no tenía nada mejor que hacer.
Que era raro venir solo un domingo.
Que probablemente estaba esperando a alguien.
Después imaginé que tal vez no tenía amigos.
Luego supuse que era de esas personas solitarias.
La cantidad de etiquetas que fui poniéndole en apenas unos minutos me sorprendió cuando, de pronto, me escuché por dentro.
¿Por qué estoy haciendo esto?
No lo conocía.
No sabía absolutamente nada de él.
Y, sin embargo, ya había construido toda una versión de su vida.
Mientras seguía observándolo me hice una pregunta todavía más incómoda.
¿Y si el raro no era él?
La respuesta me incomodó más de lo que esperaba.
Creo que no lo estaba juzgando.
Creo que le tenía envidia.
No de su pay.
No de su café.
Ni siquiera de su domingo.
Le tenía envidia de algo mucho más difícil de reconocer.
Le tenía envidia de su paz.
Porque mientras él parecía completamente cómodo disfrutando media hora para él, yo llevaba tantos años acostumbrado a vivir ocupado que una escena así me parecía extraña. Durante mucho tiempo aprendí que descansar había que justificarlo, que el tiempo libre debía ser productivo y que hacer nada era casi una señal de flojera. Sin darme cuenta, terminé creyendo que una persona valiosa siempre debía estar resolviendo algo.
Quizá por eso verlo tan tranquilo me resultó tan incómodo.
No porque él estuviera haciendo algo mal.
Sino porque me recordó algo que yo había dejado de permitirme.
Mientras seguía ahí parado entendí que exactamente eso mismo sucede todos los días dentro de las organizaciones.
Juzgamos al colaborador que no quiere convertirse en gerente porque asumimos que le falta ambición. Etiquetamos como poco comprometido al que protege su tiempo personal. Creemos que el introvertido tiene un problema de comunicación, cuando muchas veces simplemente encuentra energía en lugares distintos a los nuestros. Incluso solemos admirar al que vive permanentemente ocupado y mirar con sospecha al que trabaja con calma, como si el estrés fuera una prueba de compromiso.
Lo curioso es que casi nunca nos detenemos a pensar de dónde vienen esos juicios.
Quizá no nacen de la realidad.
Quizá nacen de nuestras propias creencias.
De todo aquello que durante años nos dijeron que significaba ser exitoso, ser profesional o ser un buen líder.
Ahí fue donde volví a pensar en la Escuela Jurásica.
Nos enseñó muchas cosas valiosas, pero también nos dejó una costumbre peligrosa: convertir nuestra manera de vivir en la medida con la que evaluamos a los demás. Si yo vivo acelerado, el que vive tranquilo parece conformista. Si yo necesito hablar para pensar, el que guarda silencio parece inseguro. Si yo encontré reconocimiento sacrificando fines de semana, el que decide protegerlos parece poco comprometido.
Y así empezamos a corregir personas que nunca estuvieron equivocadas.
Lo más delicado es que, cuando ocupamos una posición de liderazgo, esos juicios dejan de ser pensamientos privados. Se convierten en retroalimentación, en evaluaciones de desempeño y, muchas veces, en decisiones que terminan moldeando la cultura completa de un equipo.
Después de darme cuenta de todo eso hice algo que no tenía planeado.
Crucé la plaza, me senté en una mesa frente a aquella cafetería y pedí un café frío.
No abrí la computadora.
No saqué el teléfono.
No respondí mensajes.
Durante los siguientes treinta minutos intenté hacer exactamente lo mismo que ese desconocido había hecho antes que yo: absolutamente nada.
Y, curiosamente, descubrí que era mucho más difícil de lo que imaginaba.
Aquel hombre nunca supo que ese domingo terminó dándome una de las lecciones más incómodas de las últimas semanas. Me hizo entender que muchas veces criticamos aquello que, en el fondo, desearíamos permitirnos vivir.
Quizá por eso ser incómodo también significa cuestionar nuestros propios prejuicios antes de corregir los de los demás. Significa aceptar que no todo el que vive diferente está equivocado y que, en ocasiones, la persona que más nos incomoda simplemente nos está mostrando una libertad que nosotros mismos dejamos atrás.
Desde entonces intento recordarme una idea cada vez que estoy a punto de etiquetar a alguien demasiado rápido.
“No todo lo que me parece raro necesita corregirse.” LIDERAZGO SIN FILTRO M. Elsner
A veces solo necesita que deje de mirarlo desde las reglas con las que yo fui educado.
Porque el liderazgo incómodo empieza mucho antes de dirigir personas.
Empieza el día que dejamos de juzgar a quien tuvo el valor de vivir de una manera que nosotros todavía no nos atrevemos.



