🧠 La Perspectiva Incómoda de la Semana
Todos quieren ser visibles. Muy pocos están construyendo algo que valga la pena recordar.
Por Mario Elsner — Liderazgo Incómodo™
Donde la experiencia se convierte en tu guía.
Hace cinco años decidí empezar a compartir en redes sociales lo que había aprendido después de pasar buena parte de mi vida dentro de empresas. No lo hice porque quisiera convertirme en influencer. A mis cuarenta y tantos años, después de haber trabajado desde el almacén hasta posiciones de dirección, tampoco tenía demasiado interés en aprender bailes, perseguir tendencias o fingir que mi vida era más interesante de lo que realmente era.
Empecé porque veía demasiadas personas hablando de liderazgo sin haber cargado nunca con las consecuencias de dirigir.
Había frases bonitas, modelos perfectos y consejos que sonaban extraordinarios hasta que intentabas aplicarlos un lunes por la mañana con un equipo cansado, un presupuesto recortado y un cliente preguntando por qué no llegaste al resultado. Pensé que quizá mi experiencia, incluyendo mis errores y algunos fracasos que todavía me cuesta contar, podía servirle a alguien que acababa de recibir una gerencia y estaba descubriendo lo mismo que yo descubrí muchos años antes: nadie nos enseña a estar a cargo.
Con el tiempo entendí que no estaba construyendo una marca personal. Estaba construyendo REPUTACIÓN
La diferencia no es semántica.
La marca personal suele comenzar con lo que tú dices de ti. La reputación empieza cuando otras personas pueden explicar por qué confiarían en ti, te recomendarían o te llamarían para resolver un problema importante. Una se puede acelerar con exposición. La otra solo se sostiene cuando existe experiencia, coherencia y suficiente tiempo para demostrar que detrás del discurso hay algo verdadero.
Esta semana encontré tres historias que, en apariencia, no tenían nada que ver entre sí. Una hablaba de Lamborghini y de cómo consiguió ingresos récord aun vendiendo menos vehículos. Otra mostraba a uno de los fundadores de Rappi tratando de contener una polémica provocada por una oferta laboral que parecía pedir trabajo gratuito. La tercera recogía una conversación con la responsable de reputación de Mango, quien resumió este activo de una forma que me pareció difícil de mejorar: reputación es lo que dicen de nosotros cuando no estamos presentes.
Mientras las leía entendí que las tres contaban la misma historia.
En un mundo obsesionado con ser visto, seguimos subestimando el valor de ser creído.
Lamborghini vendió menos autos y ganó más dinero
Hay empresas que, cuando el mercado se complica, responden de la manera que casi todos esperamos. Lanzan descuentos, aumentan promociones, buscan volumen y presionan a sus equipos comerciales para colocar más producto. Es una reacción entendible, especialmente cuando los clientes se vuelven cautelosos y la competencia empieza a pelear cada venta.
Lamborghini tomó otro camino.
Durante el primer semestre de 2026 entregó menos vehículos que en el mismo periodo del año anterior. Lo lógico habría sido esperar una caída en los ingresos. Sin embargo, ocurrió lo contrario: la compañía facturó más y alcanzó el nivel de ingresos más alto de su historia para un primer semestre, en medio de aranceles, incertidumbre geopolítica y contracción del segmento de lujo.
Cuando leí la noticia pensé en la cantidad de empresas que habrían interpretado una reducción de unidades como una emergencia. Probablemente alguien habría pedido una promoción agresiva, una campaña inmediata o una revisión de precios para recuperar volumen antes del cierre del trimestre.
Lamborghini entendió que su negocio no consiste únicamente en vender automóviles. Consiste en proteger una percepción.
La espera de aproximadamente un año para recibir algunos de sus modelos no es un defecto operativo que la marca necesite corregir a cualquier costo. También forma parte de lo que el cliente está comprando. Quien adquiere un Lamborghini no paga solamente por potencia, diseño o ingeniería. Paga por entrar a un espacio al que no cualquiera puede acceder.
Eso es reputación convertida en margen.
Y aquí aparece una lección que muchos negocios evitan porque resulta más fácil medir seguidores, alcance o unidades vendidas. La reputación permite que el mercado no te compare únicamente por precio. Hace que alguien esté dispuesto a esperar, pagar más o elegirte incluso cuando existen alternativas técnicamente razonables.
No se construye inventando escasez ni colocando un logotipo bonito sobre un producto común. Se construye sosteniendo durante años una promesa tan clara que el cliente sabe qué representa la marca antes de entrar al concesionario.
“He visto empresas destruir esa percepción por perseguir un buen trimestre. También he visto profesionales diluir años de experiencia publicando sobre cualquier tema que estuviera de moda, como si hablar de todo pudiera convertirlos en expertos en algo.” Mario Elsner - Líder Incómodo
La reputación exige renunciar.
Lamborghini no intenta fabricar el automóvil para todos. Un profesional con reputación tampoco necesita opinar sobre todo. Necesita convertirse en una referencia clara para un problema que conoce profundamente.
Cuando todos intentan ganar volumen, proteger el valor puede parecer una decisión incómoda. Con el tiempo suele ser la más rentable.
El post que nunca debió publicarse
La segunda historia ocurrió en LinkedIn, ese lugar donde casi todos intentamos mostrar nuestra versión más profesional.
Andrés Bilbao, cofundador de Rappi, publicó una convocatoria para encontrar a una persona que desarrollara contenido audiovisual con él. El texto hablaba de aprendizaje, crecimiento y la posibilidad de trabajar cerca de un empresario reconocido, pero incluía una frase que terminó apoderándose de toda la conversación: aquello “no era pago”.
La reacción fue inmediata. Miles de personas cuestionaron que alguien asociado con una de las empresas tecnológicas más exitosas de Colombia ofreciera experiencia y exposición como sustitutos de una remuneración. Bilbao respondió después que la publicación había sido un error, que el programa sí contemplaba un pago y que asumía la responsabilidad por lo ocurrido.
No me interesa convertirlo en villano. De hecho, me parece importante que haya dado la cara, explicado lo sucedido y reconocido que la publicación no representaba la forma en que la organización decía trabajar.
Lo que me interesa es la velocidad con la que una frase puede enfrentar a una persona con la reputación que creía tener.
Durante años pensamos que la reputación se administraba desde Comunicación. Hoy cualquier decisión, oferta, comentario o respuesta puede revelar en unas horas lo que una campaña tardaría meses en intentar construir. No porque las redes hayan vuelto a la gente demasiado sensible, como suelen decir algunos líderes, sino porque hicieron visible algo que siempre existió: las personas comparan lo que dices con lo que haces.
Bilbao pudo explicar que había información omitida, errores internos y una intención diferente detrás de la convocatoria. Todo eso puede ser cierto. Sin embargo, durante las primeras horas la conversación ya no giraba alrededor de sus intenciones. Giraba alrededor de lo que el texto permitía concluir.
Ahí está uno de los aspectos más incómodos de la reputación: tú participas en su construcción, pero no eres su dueño.
Puedes decidir qué publicas, qué prometes y cómo reaccionas cuando algo sale mal. Lo que no puedes decidir es qué interpretación harán los demás cuando tus acciones contradicen la imagen que habías construido.
Eso no significa vivir paralizado por miedo a equivocarte. Significa entender que hasta la forma en que asumes un error se convierte en evidencia. Las personas no esperan perfección, pero observan con mucha atención si aceptas la responsabilidad, corriges la práctica y haces algo para evitar que vuelva a ocurrir.
Una crisis no siempre destruye reputación.
A veces simplemente muestra de qué estaba hecha.
Lo que dicen de ti cuando ya saliste de la sala
La tercera historia fue mucho menos escandalosa, pero quizá era la más importante.
Doris Casares, responsable global de asuntos corporativos, comunicación y acción social de Mango, explicó que la reputación no depende únicamente de los resultados del negocio ni del reconocimiento de la marca. Se construye mediante la confianza de empleados, clientes, inversionistas y de la sociedad alrededor de tres ideas que suelen pronunciarse con facilidad y practicarse con bastante menos frecuencia: consistencia, coherencia y transparencia.
La frase que terminó conectando toda la semana fue esta:
“La reputación es aquello que dicen de nosotros cuando no estamos presentes.”
Ahí entendí por qué cada vez me interesa menos hablar de marca personal.
La marca personal puede ayudarte a entrar en una conversación. La reputación decide qué sucede después. Puede conseguirte visibilidad, pero la oportunidad aparece cuando alguien recuerda una experiencia contigo, reconoce tu criterio o está dispuesto a poner su propio nombre en riesgo para recomendarte.
Porque recomendar a alguien es una decisión mucho más seria que seguirlo.
“Cuando una persona comparte una publicación tuya puede estar reaccionando a una frase.
Cuando te recomienda para dirigir una transformación, ocupar una posición o resolver un problema, está prestándote parte de su propia reputación.” Mario Elsner - Líder Incómodo
Por eso la experiencia importa tanto.
No como una colección de años en un currículum, sino como materia prima para construir un punto de vista que otras personas no podrían fabricar leyendo los mismos libros. La experiencia se vuelve reputación cuando consigues convertir lo vivido en criterio útil para los demás y después actúas de manera congruente con aquello que enseñas.
He conocido ejecutivos extraordinariamente visibles a quienes nadie llamaría para una decisión importante. También he conocido profesionales con comunidades mucho más pequeñas que reciben oportunidades constantemente porque el mercado sabe exactamente qué problema pueden resolver.
Uno ganó atención.
El otro construyó confianza.
Esa diferencia también explica por qué algunos líderes se sienten incómodos con la exposición. Creen que compartir lo que saben significa volverse influencer, promocionarse demasiado o convertir su carrera en contenido. Yo también tuve esa resistencia. Hasta que comprendí que guardar toda tu experiencia por miedo a parecer presumido no es humildad. A veces es permitir que la conversación quede en manos de quienes tienen más habilidad para llamar la atención, aunque no necesariamente tengan algo valioso que decir.
No necesitamos que todos los ejecutivos se conviertan en creadores de contenido.
Necesitamos que las personas con experiencia ocupen su lugar en la conversación.
Porque cuando quienes han vivido los problemas permanecen en silencio, el espacio no queda vacío. Lo ocupan quienes aprendieron a polarizar, simplificar o vender respuestas fáciles para situaciones que nunca han enfrentado.
Esa también fue una de las razones por las que empecé a publicar hace cinco años.
No quería ser famoso.
Quería que alguien que estuviera atravesando uno de los errores que yo ya había cometido pudiera encontrar una guía antes de pagarlo tan caro como yo.
Con el tiempo descubrí que eso también construye negocio. Llegan conferencias, proyectos, alianzas y oportunidades que probablemente nunca habrían aparecido si mi experiencia hubiera seguido guardada en una oficina. Pero esas oportunidades no llegaron por tener más seguidores. Llegaron porque la gente empezó a relacionar mi nombre con una conversación específica y, sobre todo, porque encontró suficiente congruencia para confiar.
La visibilidad consigue que sepan que existes.
La reputación consigue que crean que vale la pena llamarte.
La mentira de la semana
“Para crecer necesitas hacerte famoso.”
Falso.
Puedes tener millones de seguidores y no representar nada con claridad. Puedes volverte viral por una polémica y descubrir que la atención también ilumina todas tus contradicciones. Puedes publicar todos los días y seguir sin construir una sola razón por la que alguien debería recomendarte.
Las historias de esta semana mostraron otra cosa.
Lamborghini protegió su valor aun vendiendo menos porque el mercado ya sabe lo que representa. Andrés Bilbao descubrió que una publicación puede poner a prueba en unas horas la coherencia acumulada durante años. Mango recordó que la reputación no vive en lo que una empresa declara, sino en lo que otros concluyen después de observarla.
La Escuela Jurásica nos enseñó que el poder venía del puesto y que el trabajo hablaba por sí solo. La economía de los influencers agregó otra fantasía: que la atención era suficiente para convertirte en autoridad.
Ninguna de las dos ideas alcanza.
El puesto desaparece cuando sales de la empresa. La atención desaparece cuando llega la siguiente tendencia. La reputación permanece porque vive en la memoria y en las conversaciones de otras personas.
Un Líder Incómodo no entra a redes para inventarse un personaje. Entra para transformar su experiencia en una contribución reconocible, tomar postura sobre aquello que conoce y construir con paciencia la confianza necesaria para impulsar negocios, abrir oportunidades y cambiar las conversaciones que considera importantes.
Porque si las personas con experiencia deciden callarse, no ganará la verdad.
Ganará quien sepa gritar mejor.
Una última incomodidad
Muchas de las historias que comparto en esta columna terminaron convirtiéndose en aprendizajes después de haber cometido mis propios errores dirigiendo personas. De ahí nació De Jefe a Líder Impactante: no como un manual para tener todas las respuestas, sino como una guía para quienes descubrieron que estar a cargo exige aprender a escuchar preguntas que nunca se habían hecho.
Porque quizá el siguiente nivel de tu liderazgo no dependa de todo lo que todavía necesitas aprender.
Quizá dependa de reconocer a quién dejaste de escuchar.
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