Por Mario Elsner — Liderazgo Incómodo™
Donde la experiencia se convierte en tu guía.
Hay semanas en las que las noticias prácticamente vienen etiquetadas con la lección que quieren dejarnos. Esta no fue una de ellas.
Me encontré una historia sobre personas nacidas en los años cincuenta y sesenta que comenzaron a trabajar siendo muy jóvenes, otra sobre José Mourinho y una tercera donde varios atletas profesionales explicaban qué habían aprendido sobre liderazgo compitiendo al máximo nivel. En principio no había demasiado que las conectara, salvo que las tres terminaron haciéndome pensar en algo que veo cada vez más dentro de las empresas.
Nos encanta utilizar nuestra experiencia para entender el presente.
El problema empieza cuando también queremos utilizarla para obligar al presente a comportarse como nuestro pasado.
Y ahí es donde estas tres historias se ponen interesantes.
1. 🦖 Tal vez nuestros padres no trabajaban desde tan jóvenes porque fueran “otra generación”
Hay una conversación que aparece inevitablemente cada vez que hablamos de nuevas generaciones en el trabajo. Alguien recuerda que comenzó a trabajar a los quince, dieciséis o dieciocho años; otro cuenta que estudiaba y trabajaba al mismo tiempo, y eventualmente aparece la comparación con los jóvenes de hoy, acompañada por alguna versión del clásico: “Es que nosotros sí teníamos ganas de salir adelante”.
Yo crecí escuchando historias parecidas y también podría contar las mías. Para quienes tenemos cierta edad, comenzar desde abajo, aguantar jornadas largas y resolver sin demasiada ayuda forma parte de nuestra historia profesional. El problema aparece cuando convertimos esa experiencia en evidencia de que éramos mejores.
La nota que encontré esta semana planteaba una explicación bastante menos heroica. Muchas personas nacidas durante los años cincuenta y sesenta comenzaron a trabajar temprano porque las condiciones económicas y familiares prácticamente las empujaban a hacerlo. Había menos acceso a estudios prolongados, hogares que necesitaban otro ingreso y una expectativa social muy diferente respecto de cuándo debía comenzar la vida laboral.
Claro que de ahí salieron personas extraordinariamente trabajadoras. También desarrollaron independencia, resiliencia y una enorme capacidad para resolver problemas. Sería absurdo negar el valor de todo eso.
Lo que resulta bastante más discutible es concluir que la dificultad que produjo esas capacidades debe reproducirse para desarrollar a la siguiente generación.
💬 Mi mirada incómoda
Cada vez que escucho a alguien decir “a mí me tocó peor y no me pasó nada”, entiendo de dónde viene. Yo también tuve jefes durísimos, trabajé horarios que hoy cuestionaría y aprendí muchas cosas prácticamente a golpes. Sería absurdo negar que algunas de esas experiencias ayudaron a formar al director que terminé siendo.
Lo peligroso es creer que dejamos atrás aquella forma de liderar simplemente porque hoy ya no hacemos exactamente lo mismo.
Esa es precisamente mi definición de la Escuela Jurásica. No son solamente aquellas prácticas horribles que recordamos de nuestros primeros jefes; son comportamientos que aprendimos, normalizamos y después seguimos reproduciendo con pequeños matices para que parezcan más aceptables en el mundo actual.
El jefe de mi época podía gritarte enfrente de todos. Hoy eso probablemente terminaría escalado a Recursos Humanos, así que aprendimos a hacerlo de otra manera. Ya no gritamos, pero podemos ser pasivo-agresivos. No decimos “aquí mando yo”, pero cuestionamos una y otra vez hasta que el equipo entiende cuál es la respuesta que queremos escuchar. Ya no elegimos descaradamente a “los consentidos”, pero terminamos rodeándonos de quienes piensan parecido, no nos incomodan demasiado y hacen las cosas como nosotros las haríamos.
La forma evolucionó. El patrón sobrevivió.
Y eso es lo que vuelve tan difícil reconocer al Líder Jurásico moderno, porque ya no necesariamente tiene cara de villano. Puede hablar de cultura, tener reuniones uno a uno, decir que su puerta siempre está abierta y conocer perfectamente el vocabulario del liderazgo actual. Sin embargo, cuando alguien lo contradice se incomoda, cuando un colaborador decide diferente comienza a cuestionarlo y cuando tiene que escoger a quién escuchar suele sentirse mucho más cómodo con quien confirma lo que ya pensaba.
Por eso creo que cometemos un error cuando hablamos de generaciones y concluimos que el problema es que “los jóvenes ya no aguantan”. Quizá parte de lo que está ocurriendo es que comportamientos que nosotros aprendimos a tolerar hoy son cuestionados mucho antes. Y eso también nos incomoda, porque nos obliga a revisar prácticas que durante años confundimos con carácter, disciplina o simplemente “así es el trabajo”.
Para mí, evolucionar como líder no significa tirar nuestra experiencia ni bajar el estándar para acomodarnos a una nueva generación. Significa algo bastante más difícil: revisar qué patrones heredamos de nuestros propios jefes y seguimos reproduciendo sin darnos cuenta, aunque ahora vengan mejor vestidos.
Si hoy nadie te llamaría un jefe jurásico por la forma en que tratas a tu gente, ¿estás seguro de que tampoco lo eres por la forma en que reaccionas cuando alguien te contradice, decide distinto o simplemente no se parece a ti?






