Mi hijo me dijo una verdad que nadie en el trabajo se había atrevido a decirme
Hay una enorme diferencia entre quién creemos ser y la persona que los demás experimentan todos los días.
OJO…..
Hace unos días venía manejando con mi hijo. Acababa de cortarme el pelo después de varios meses y, mientras íbamos platicando de cualquier cosa, volteó a verme y me dijo con toda la naturalidad del mundo:
—“No se te ve tan mal, pa.”
Me dio risa.
Le contesté que, a mi edad, ya era una buena noticia simplemente seguir teniendo pelo.
Los dos nos reímos.
Pero unos segundos después remató con una frase que no esperaba.
—“La verdad… cuando sí te veías fatal era cuando te lo dejaste largo en la pandemia.”
No pude evitar reírme otra vez.
Algunos de ustedes seguramente se acordarán de aquella etapa. Me dejé el pelo largo, me hacía una colita y, para ser completamente honesto, yo estaba convencido de que todavía podía defender dignamente mi versión de chavorruco.
En mi cabeza no me veía tan mal.
Es más, creo que hasta me sentía bastante cool.
Mi hijo, en cambio, llevaba años pensando exactamente lo contrario.
Y nunca me lo había dicho.
Mientras seguíamos manejando me quedé pensando en lo curioso que resulta vivir dentro de nuestra propia percepción. Pasamos buena parte de la vida creyendo que la imagen que tenemos de nosotros mismos es muy parecida a la que ven los demás. De alguna manera damos por hecho que lo que sentimos por dentro termina proyectándose por fuera.
Casi nunca ocurre.
Yo me sentía un papá moderno.
Mi hijo veía a un señor haciendo un esfuerzo innecesario por parecer más joven.
Ninguno de los dos estaba mintiendo.
Simplemente los dos observábamos a la misma persona desde lugares completamente distintos.
Y entonces caí en cuenta de que eso mismo me había pasado durante muchos años como líder.
Hubo una etapa de mi carrera en la que estaba convencido de que era un líder profundamente comprometido. Llegaba antes que todos, me iba después que todos, resolvía problemas a cualquier hora y estaba disponible prácticamente los siete días de la semana.
En mi cabeza eso era liderazgo.
Con el tiempo descubrí que algunas personas no veían compromiso.
Veían control.
Otras no veían entrega.
Veían falta de confianza.
Y seguramente hubo quien no veía pasión por el trabajo, sino a un jefe incapaz de desconectarse.
No porque yo fuera una mala persona.
Sino porque una cosa es la intención con la que hacemos las cosas y otra muy distinta es la manera en la que terminan siendo percibidas.
Creo que esa es una de las grandes trampas de la Escuela Jurásica.
Durante años nos enseñaron que bastaba con hacer lo correcto para convertirnos en buenos líderes. Nos preocupamos por estudiar, trabajar más horas, cumplir objetivos y demostrar compromiso, como si el liderazgo dependiera exclusivamente de nuestras acciones.
Pero dirigir personas nunca ha funcionado así.
Existe una enorme diferencia entre lo que hacemos, lo que creemos que proyectamos y lo que los demás realmente experimentan cuando trabajan con nosotros.
Y esa diferencia puede cambiarlo todo.
Porque un líder no dirige desde sus intenciones.
Dirige desde las percepciones que genera.
Quizá por eso el mejor retroalimentación que recibimos muchas veces no llega en una evaluación de desempeño ni en una encuesta de clima laboral.
Llega en una conversación inesperada.
En un comentario incómodo que alguien hace sin filtros.
En una frase tan sencilla como la de un hijo que, sin querer, termina rompiendo una historia que llevabas años contándote a ti mismo.
Desde ese día entendí que el liderazgo también consiste en tener el valor de preguntarse algo que casi nunca nos preguntamos:
¿La persona que creo ser coincide con la persona que los demás experimentan todos los días?
Porque ahí, justamente ahí, empieza el verdadero crecimiento.
Reflexión incómoda
Pasamos años intentando cambiar nuestra manera de liderar.
Muy pocos dedicamos el mismo tiempo a entender cómo nos están percibiendo.
Y quizá la distancia entre esas dos versiones de nosotros mismos sea mucho mayor de la que imaginamos.
Mario Elsner
Unete al Movimiento por que “Ser Incómodo es el Nuevo Liderazgo”



