¿Y si el burnout NO fuera un problema de las personas?
Ojo.....
Hace unos días estaba platicando con un director. En algún momento de la conversación, casi con orgullo, me dijo: “Aquí la gente trabaja muy duro”. Asentí. Yo también crecí creyendo que esa era una buena noticia. Después añadió: “Aquí todos traen la camiseta”. Volví a asentir. Hasta que remató con una frase que me hizo ruido: “Aquí nadie se va antes que el jefe”.
Mientras él hablaba de compromiso, yo no podía dejar de pensar en burnout.
No porque esa empresa estuviera haciendo algo extraordinariamente malo, sino porque durante años aprendimos a confundir una cosa con la otra. Nos enseñaron que un buen líder era el primero en llegar, el último en irse, el que respondía mensajes a cualquier hora y el que resolvía todos los problemas. Mientras más indispensable eras, más admiración recibías. Aguantar era una virtud. Descansar empezaba a verse como falta de compromiso.
Así nos formó la Escuela del Liderazgo Jurásico. Una escuela que nunca tuvo edificio, pero que todos conocimos. Ahí aprendimos que el cansancio era carácter, que el estrés era ambición y que vivir apagando incendios era una señal de importancia. Nos graduamos con honores. Hoy estamos pagando la colegiatura.
Por eso, cuando leí que México ocupa el tercer lugar mundial en burnout, la noticia no me sorprendió tanto como la conversación que se generó alrededor. Muchos hablaron de jornadas largas, de equilibrio entre la vida y el trabajo o de salud mental. Todo eso importa. Pero muy pocos se atrevieron a preguntar algo más incómodo: ¿quién está agotando a quién?
Después de dirigir equipos durante tantos años, cada vez estoy más convencido de que el burnout rara vez empieza en el calendario de una persona. Empieza mucho antes, en la forma en que entendemos el liderazgo. Cuando premiamos al que nunca se desconecta. Cuando promovemos al que resuelve todo solo. Cuando convertimos la urgencia en una cultura de trabajo. Cuando el sacrificio deja de ser una excepción y se vuelve un requisito para crecer.
Lo más curioso es que ahora intentamos corregir las consecuencias. Aparecen nuevas regulaciones para cuidar la salud mental, programas de bienestar, clases de mindfulness, fruta en la oficina o sesiones de yoga. Me parece bien. Todo suma. Pero ninguna ley puede enseñar a delegar. Ningún tapete de yoga va a cambiar a un director que convierte cada semana en una emergencia. Ninguna meditación arregla una cultura donde el reconocimiento sigue reservado para quien sacrifica más tiempo personal.
A veces tengo la impresión de que estamos tratando de bajar la fiebre sin atender la infección.
Quizá por eso la conversación debería empezar en otro lugar.
No preguntándonos qué beneficio adicional podemos ofrecer para que la gente soporte mejor el trabajo, sino qué tipo de liderazgo estamos construyendo para que no tenga que sobrevivir al trabajo.
Por eso hablo de Liderazgo Incómodo. No porque liderar deba sentirse pesado, sino porque incomoda cuestionar todo aquello que durante años aprendimos a admirar. Incomoda dejar de ser indispensable. Incomoda delegar de verdad. Incomoda poner límites cuando todos esperan disponibilidad total. Incomoda aceptar que un equipo agotado no siempre es un equipo comprometido. A veces solo es un equipo que ya normalizó trabajar roto.
Porque si los resultados solo aparecen cuando las personas viven permanentemente agotadas, no encontramos una estrategia. Solo encontramos una forma muy cara de conseguir resultados.
Quizá México no tiene una epidemia de burnout. Quizá tiene demasiados egresados de la Escuela del Liderazgo Jurásico. Y hasta que no cambiemos la forma de liderar, seguiremos intentando curar con yoga lo que aprendimos en el salón de clases.
Mario
Si tú también crees que ya es momento de desaprender ese modelo, te invito a unirte a Liderazgo Incómodo en Substack. Cada semana escribo tres columnas para quienes decidieron dejar de ser alumnos de la Escuela del Liderazgo Jurásico y empezar a construir otra forma de liderar.



Es que no lo es.
El burnout es un fenómeno de origen organizacional, cuya manifestación clínica ocurre en el individuo como consecuencia de un estrés laboral crónico que no ha sido gestionado adecuadamente. Y si esto ocurre, es porque las tareas de trabajo están mal diseñadas, y además, no hay una supervisión por los departamentos.