¿Y si el liderazgo moderno se volvió demasiado democrático?
Pasamos años huyendo del jefe autoritario. Quizá, sin darnos cuenta, terminamos cayendo en el extremo contrario.
Ojo…..
Hace unos días queríamos organizar dónde ver el partido de México.
Como suele pasar cuando un grupo de amigos intenta ponerse de acuerdo, alguien escribió la frase que hoy parece resolver cualquier problema:
— “Hagamos un grupo de whatsapp”
Cinco minutos después ya existía.
🇲🇽 Mundial Sábado ⚽
Al principio todo parecía muy sencillo. Bastaba con elegir un lugar y una hora. Sin embargo, conforme fueron llegando los mensajes, la decisión empezó a complicarse de una manera curiosa.
Uno propuso su casa porque ahí siempre se veía mejor. Otro prefirió un restaurante para que nadie tuviera que cocinar. Alguien recordó que en los restaurantes casi nunca se escucha el partido. Otro sugirió un sports bar. Después apareció quien preguntó quiénes iban, el que quería llevar a los niños, el que todavía no sabía si podría ir y el que, para cerrar con broche de oro, propuso cambiar todo para el domingo.
Mientras leía la conversación me sorprendió algo.
Todavía no habíamos decidido dónde ver el partido y ya llevábamos más de cien mensajes.
No pude evitar acordarme de cómo hacíamos exactamente lo mismo hace algunos años.
Siempre existía ese amigo que simplemente decía:
“En mi casa. Tres de la tarde.”
Y asunto resuelto.
Nadie levantaba una encuesta, o preguntaba si todos estaban completamente de acuerdo.
Simplemente llegábamos.
No era precisamente un ejercicio de democracia.
Pero funcionaba.
Mientras seguía leyendo el grupo me pregunté en qué momento empezamos a creer que la mejor manera de tomar una decisión era hacer participar a todos.
No hablo del fútbol.
Hablo de las empresas.
Creo que ahí llevamos varios años viviendo el mismo fenómeno.
Durante mucho tiempo criticamos, con razón, a los líderes que decidían absolutamente todo. Eran organizaciones donde cuestionar una decisión parecía un acto de rebeldía y donde escuchar opiniones distintas se interpretaba como una amenaza a la autoridad.
Era lógico que quisiéramos alejarnos de ese modelo.
Lo curioso es que, intentando corregir ese exceso, terminamos construyendo otro.
Hoy muchas organizaciones viven obsesionadas con involucrar a todo el mundo en prácticamente cualquier decisión. Entonces aparecen reuniones donde asisten quince personas aunque solo dos serán responsables del resultado, grupos de WhatsApp que duran semanas discutiendo algo que podría resolverse en diez minutos y encuestas cuyo verdadero propósito no es mejorar una decisión, sino demostrar que todos fueron escuchados.
Con los años he descubierto que ahí está una de las confusiones más grandes del liderazgo moderno.
Escuchar nunca ha sido el problema.
De hecho, entre más responsabilidad tienes, más perspectivas necesitas conocer. Hay personas que ven cosas que tú no alcanzas a ver, que tienen información que tú no tienes o que llevan años resolviendo un problema específico. Ignorar todo eso sería un error.
Lo que me parece peligroso es creer que escuchar significa repartir la decisión.
No es lo mismo.
Cuando le pido la opinión a alguien no le estoy entregando el volante. Le estoy prestando mis ojos para ver un ángulo que yo todavía no había considerado. La responsabilidad de integrar todas esas perspectivas y decidir sigue siendo mía.
Esa diferencia parece pequeña.
En realidad cambia por completo la forma de liderar.
Con el tiempo encontré una idea que me ha servido mucho más que cualquier modelo de liderazgo.
Mientras más personas tengan que vivir las consecuencias de una decisión, más personas necesitan entenderla.
Pero mientras más responsable seas del resultado, menos personas deberían tomarla.
Lo primero construye compromiso.
Lo segundo construye claridad.
Quizá por eso ya no creo en ninguno de los dos extremos que nos enseñó la Escuela Jurásica. Primero nos dijeron que un buen líder debía tener siempre la respuesta. Después apareció la idea de que un buen líder debía involucrar a todos en todo.
Después de muchos años dirigiendo equipos, empiezo a creer que ambas ideas están incompletas.
Las mejores decisiones que he tomado casi nunca nacieron de una votación. Nacieron después de escuchar argumentos, experiencias, datos y puntos de vista muy distintos. Todo eso enriqueció mi criterio, pero nunca sustituyó mi responsabilidad.
Porque escuchar no es delegar.
Y participar no significa votar.
Quizá el verdadero liderazgo consiste en algo mucho más incómodo: tener la humildad para abrir la conversación cuando hace falta y el carácter para cerrarla cuando llega el momento de decidir.
Esa diferencia nadie me la enseñó cuando me tocó estar a cargo.
La fui descubriendo, como casi todo en liderazgo, a prueba y error.
Mario
Unete al Movimiento por que “Ser incomodo es el Nuevo liderazgo”
Si estas reflexiones te hicieron ver un grupo de WhatsApp, una reunión o una decisión cotidiana desde otro lugar, entonces esta conversación ya cumplió su objetivo.
La próxima semana volveré con otra observación aparentemente simple que, quizá, esconda otra verdad incómoda sobre la forma en que seguimos liderando.



